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 :: El Paraíso en la Tierra :: [Libre]

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Hades
Dios Hades [Administrador] [Juez]
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Pez Búfalo
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MensajeTema: :: El Paraíso en la Tierra :: [Libre]   Lun Abr 09, 2012 11:04 am

Abel colgó lentamente el teléfono.

Hacía un rato que había recibido una llamada de Jeanne, comunicándole lo del fallecimiento de su abuelo. Al mismo tiempo, él le había contado lo sucedido con su persona. O, más bien, con sus padres. La policía todavía investigaba la muerte de la pareja, pues no habían encontrado signos de violencia en el interior de la casa, ni nada que pudiese dejar entrever algún ajuste de cuentas, robos o similares. Extrañamente, Abel permanecía tranquilo, perturbadoramente sereno. Jeanne, posiblemente, pudiese haber notado una apabullante calma en la voz de su prometido cuando intercambiaron palabras.

Ese día, Abel se encontraba cansado mentalmente. Había dejado en manos de los abogados familiares, todo el tema de la herencia y demás papeleos. Nadie, absolutamente nadie, parecía haberse fijado en la sombra que, desde ese fatídico día, cubría la mirada del chico. Los que sí lo habían hecho, lo atribuían a la pena de la pérdida de sus progenitores. Pero lo que nadie parecía haberse percatado, era la suavísima sonrisa que portaba tras haber salido de la mansión donde se había criado, y donde se habían encontrado ambos cadáveres.

Algunos vecinos cercanos, en su declaración a la policía francesa, habían mencionado que, la noche de las muertes, habían escuchado un hermosísimo sonido, una melodía que embriagaba los sentidos. Hermosa y oscura al mismo tiempo.

Una tonada que llenó, a su vez, sus corazones de paz y congoja.

Los pasos de Abel, su destino final, lo llevaron de nuevo a París. Más concretamente a los hermosos jardines conocidos, mundialmente, como los Campos Elíseos. Los ojos del chico se posaron sobre dicho lugar y, con habilidad, sacó el violín del interior de la funda. Seguidamente, todo el lugar se vió inundado por una melodía que aletargaba los sentidos, purificaba el alma, y dejaba descansar el cuerpo de los mortales que por allí pasaban. Lentamente las flores brotaban alrededor, y aquel lugar parecía ir cambiando, lentamente, mientras Abel continuaba tañendo las cuerdas del violín con verdadera maestría.

A su vez, una invisible energía empezó a manar no solo de aquella música, considerada divina, sino de la propia presencia del chico. Un aura repleta de magnificencia y poderío.

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