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 The Chains of Justice

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Nandah
Bronze Saint de Andromeda
Bronze Saint de Andromeda
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Tauro Gato
Mensajes : 9
Fecha de inscripción : 18/03/2012
Edad : 31

MensajeTema: The Chains of Justice   Jue Mar 22, 2012 7:59 pm

Nombre del personaje: Abu "Nandah" al Mahdi

Edad: 17 años

Signo zodiacal: Tauro

Tipo de sangre: 0- (donante universal)

Sexo: Masculino

Lugar de nacimiento: El Cairo, Egipto

Lugar de entrenamiento: El Sahara

Imagen:

Descripción física: Abu, más conocido como Nandah, es un muchacho de aspecto avispado, delgado y de cuerpo fibroso, propio de quien lleva una vida basada en correr y ser más ágil que los demás. Tiene una pequeña melena, hasta la base del cuello, y el color de su pelo destaca por ser de un tono castaño muy fuerte, casi rojizo. Sus ojos, grandes y expresivos, recuerdan a los de una lechuza que siempre está vigilante y pendiente de todo cuanto sucede a su alrededor. Suele vestir con una camisa típica de diseño arábigo, de color rojizo, y pantalones deportivos de color verde. Sus pies los cubre con zapatillas deportivas muy desgastadas, debido a las múltiples carreras que lleva recorridas a lo largo de su vida.

Descripción psicológica: Nandah es un chico de intenciones nobles criado en un entorno de supervivencia muy duro y despiadado. Ha tenido que hacer cosas cuestionables, como robar, para ganarse la vida y alimentar a su familia. Pero lo hace sin dudar, siempre conocedor de que detrás de esas acciones hay siempre una meta honrosa. Por otra parte, cuando se le da la oportunidad, se descubre en él una persona con la que se socializa muy fácilmente: es abierto, amigable, despierto y con eterno interés en averiguar más sobre el mundo que le rodea. El problema es que raras veces conoce dicha oportunidad, pues la mayoría de la gente suele verlo como a un ratero despreciable. Eso le ha alimentado una actitud burlona y de poco respeto hacia las autoridades, con las que siempre acaba involucrado en persecuciones de las que acaba saliendo airoso. Por eso, nadie diría que una de las mayores virtudes de Nandah es su sentido del sacrificio: si alguien se gana su confianza y su afecto, el chico está dispuesto a entregarse por esa persona en cuerpo y alma.

Otros detalles: Nandah posee una agilidad sorprendente, y es capaz de alcanzar velocidades supersónicas al correr. Eso, unido a unos reflejos y capacidad de salto atlética, lo ha convertido en un auténtico campeón del parkour... o al menos, lo sería si hubiese tenido la menor ocasión de competir oficialmente. Por supuesto que dichas cualidades no son ni siquiera humanas, sino producto de su propio Cosmos.

Historia: La vida de un recogedor de basuras del Cairo no le suele interesar a mucha gente. Ni siquiera a mí mismo me interesaría... salvo porque es mi propia historia. Y porque tiene un inesperado giro al final.

Mi nombre es Abu al Mahdi, pero la gente de mi barrio siempre me conocía como "Nandah". Es una suerte de apodo que nadie sabe muy bien lo que significa ni de dónde vino. Simplemente empezaron a llamarme así un día, y así se quedó. Vivía en El Cairo, como ya he dicho, una ciudad enorme y rebosante de actividad. Mi vida era relativamente sencilla: iba a la escuela, como el resto de mis compañeros, por la mañana, y después pasábamos casi todo el día en el vertedero, recogiendo basuras y separando todo el material que podía ser reutilizado. Normalmente, teníamos un par de horas para jugar al fútbol o a lo que se nos ocurriera, antes de que regresáramos cada uno a casa. Yo jugaba sólo en contadas ocasiones, casi siempre tenía que volver a casa temprano. Era mi deber atender la casa, a mi madre, mi abuela y mi hermana pequeña, pues yo era el único varón. Eso fue así desde que a mi padre le metieron en la cárcel, simplemente por no pensar lo mismo que al que entonces era nuestro presidente. Yo quería mucho a mi padre. Según me contó mi madre, procedía de una familia tradicional de derviches turcos, y él no siguió la tradición porque ya se ocupaba su hermano menor de ello. De vez en cuando, mi tío nos pasaba grabaciones de algunas de sus exhibiciones en el Palacio de Topkapi, en Estambul. Yo me podía pasar horas viendo el mismo vídeo, una y otra vez. Aquella danza me hipnotizaba, por alguna extraña razón. Conforme los derviches giraban en círculos, sus formas se desdibujaban, y para mis ojos dejaban de ser seres humanos, sólo formas en movimiento. El mismo movimiento cobrando forma. A veces, en momentos de soledad, me gustaba aislarme, cerrar los ojos, y dar vueltas sobre mí mismo, imaginarme que mi cuerpo dejaba de ser materia y se transformaba en energía pura y dura. Sentía cómo mis dedos se transfiguraban y abarcaban todo el espacio, pudiendo alcanzar cualquier rincón sólo con desearlo. Sólo tenía que apretar el puño... Al principio, me daba de bruces contra una pared, o tropezaba siempre con la misma piedra. Pero con el tiempo, creo que aprendí a dominar esa danza mística. Y lo más gracioso es que nadie me enseñó. De algún modo podía hacerlo yo solo, simplemente deseándolo.

La vida empezó a complicarse más de lo necesario cuando llegaron ellos. Bandas pagadas por agentes del gobierno que querían que dejáramos de recoger basuras, porque para eso estaban pagando a compañías extranjeras que se llevaban nuestros desperdicios con mayor eficiencia y menor coste. "Modernizarnos", era su excusa. Yo sólo veía a un puñado de intrusos que querían quitarnos el trabajo. Así que me opuse a ellos. Y no fui el único. Mis amigos y yo formamos una especie de "resistencia", por así decirlo. Madrugábamos mucho para ir a los vertederos y recoger la basura mucho antes que esa escoria. Cuando nos veían de llegar, intentaban perseguirnos, pero nunca nos cogían. Éramos mucho más rápidos. Sobre todo yo. Al correr, me daba cuenta de lo mucho que me había beneficiado practicar esa mística danza derviche. Me convertía en el mismo aire, todo a mi alrededor perdía su forma, y sólo existía la energía en movimiento. La ciudad era mi aliada.

Pero aquello era una guerra. Y en la guerra, las cosas sólo pueden recrudecerse. Los intrusos acabaron por llamar a la policía. Ésta se sumó a la represión. Las consecuencias en mi barriada fueron nefastas. Se produjeron denuncias, arrestos domiciliarios y todo tipo de desmanes. Prácticamente se nos prohibió volver a recoger basura, se nos declaró directamente ilegales. Y con ello se nos condenaba al hambre. Sentí cómo un fuego explotaba en mi interior. ¿Ésa era la justicia de nuestro país, esa gente anónima y sin corazón que prefería alimentar las arcas de europeos codiciosos antes que la necesidad de su propio pueblo? Mi madre me había dicho siempre que debía ser fuerte, que si Dios mediaba, mi padre saldría de la cárcel... Pero yo no veía más que injusticia a mi alrededor, y cómo aquellos que supuestamente debían protegernos nos daban la espalda. Sí, iba a ser fuerte... Iba a ser más fuerte que nuestros verdugos.

Me dediqué al hurto, concentrándome sobre todo en los turistas extranjeros. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero tampoco me avergüenzo. Si mi gobierno no me dejaba ganarme la vida honradamente, al menos me la ganaría a costa de los bolsillos de aquellos que nos robaban el empleo. Más de una vez me pescaron, pero nunca lograron atraparme. La policía me tenía fichado, pero por más que querían, jamás lograban atraparme. Ni yo mismo me explico cómo tenía tanta facilidad para escabullirme. Pero todo tuvo un fin... Concretamente, el día en que me topé con un extranjero de rasgos extraños. La mirada que me dedicó bastó para congelarme al instante. Podía sentir energía latiente a través de ellos, la misma que podía "ver" a través de la danza de los derviches, una energía tan abismal, tan poderosa, que me hacía sentirme como un gusano a su lado. Fue entonces cuando los policías que andaban persiguiéndome me atraparon. Debían de tener mucha tensión acumulada contra mí, porque no me llevaron siquiera a una comisaría. Me arrastraron directamente a un callejón, donde comenzaron a apalearme como a un perro rabioso. Me gritaban de todo, hacían menciones acerca de mi madre que me hicieron enrojecer. Me rompieron varios huesos y me hicieron escupir sangre, pero mi boca no se abrió. No iba a decir nada que delatase a mi gente, ni que hiciese daño a mi familia. De pronto, el extraño apareció ante nosotros. Ni siquiera vi cómo tumbó a los policías, pero todo lo que sé es que estaban todos en el suelo, inconscientes, a los pocos segundos de verle llegar. Me miró, me sonrió de una manera que me hizo sentir extrañamente cómodo. Me dio la mano, y me dijo: "Llevaba mucho tiempo esperándote".

No me explico muy bien cómo o por qué, pero desde ese día la policía dejó de perseguirme. Supongo que porque estaban muy ocupados reprimiendo las manifestaciones que todos los días, durante más de dos meses, estaban teniendo lugar por parte de la gente que estaba cansada de nuestro presidente. En cualquier caso, fue un tiempo de revelaciones para mí. Me veía a menudo con el extraño, y fue entonces cuando oí hablar por primera vez del Santuario, de los Santos de Atenea, y del Cosmos. Si bien lo anterior me sonó a disparate al principio, el concepto del Cosmos fue algo que capté enseguida. Esa energía, esa forma que tenía de ver el mundo, esa emoción mística que sentía al ejecutar la danza derviche... Tenía mucho sentido. Lo demás fueron verdades que tuve que ir aceptando paulatinamente. Lo más emocionante, y al mismo tiempo, lo más duro, fue saber de mi identidad como candidato a Santo de Atenea. Tenía el potencial de llegar a ser un guerrero místico, uno con el poder de cambiar el mundo, de corregir las injusticias. No más un simple ladronzuelo callejero, sino un personaje de leyenda contemporáneo, un héroe que luchara por el desvalido... Pero eso significaba tener que dejar atrás a mi familia. Tener que renunciar a algo para conseguir una meta mucho más grande... ¿De eso se trataba? Confesaré que decir a mi madre que estaría un tiempo fuera me supuso el palo más duro que la vida jamás me diese. Pero ella sabía que, si me iba, era por un bien mayor, por luchar por un futuro que en Egipto no encontraría. Ver cómo me animaba a marcharme, deseándome lo mejor, me reconfortó el corazón. Juré que regresaría, cuando las cosas estuviesen mejor, y aún tengo intención de mantener esa promesa.

El extraño... bueno, ya no era ningún extraño, para entonces. Lo llamaba por su nombre, Shun, de origen japonés, o eso me dijo él. El caso es que entrenamos en mi propia tierra, pero lejos de la civilización, en lugares remotos. Nunca me planteé que llegaría a ver el desierto del Sahara con mis propios ojos. Debo confesar que no es el sitio más ideal donde entrenar. El calor es sofocante, el sudor se convierte en tu peor enemigo, la arena está por todas partes y te muerde las plantas de los pies como sierpes hambrientas. Pero tras la tortura del día, llega el alivio de la noche, y el frescor de la luz de la luna alivia el dolor de tu espalda, cura tus heridas y quemaduras y recupera tus fuerzas, para prepararte de nuevo para un nuevo día agotador. Shun me contó una interesante leyenda en uno de nuestros descansos: la del titán Prometeo, que se sacrificó para regalar el fuego a los hombres, y por ello fue condenado por Zeus, el Señor del Olimpo, a ser encadenado a una roca. Por las mañanas, un águila gigante le devoraba el hígado, y al anochecer se le regeneraba sólo para que la tortura diese comienzo al día siguiente. La vida de un Santo, me dijo, es de sacrificio por su diosa y el ideal de justicia, y el caso de Andrómeda es especialmente sacrificado. Tenía que acostumbrarme al dolor, a sufrirlo, a padecerlo por los demás, pues sólo eso me haría más fuerte que nunca. Dicho así, sonaba terrible... Pero yo ya había experimentado una vida dura. Y saber que lo hacía por evitar que más personas se encontrasen en mi situación me animaba a seguir adelante.

Recuerdo el día en que tuve que ponerme a prueba. Como la dama que da nombre a la constelación y la armadura que ahora me protege, tuve que ser encadenado a una roca y dejado a merced de las olas del Mar Rojo durante tres días y tres noches. ¿Fue fácil? En absoluto. El día era la peor fase. Las olas me azotaban con furia, la sal me mordía la piel, a veces me entraba agua por la boca y me quemaba la garganta. Sólo quería morir, que el suplicio acabase de una vez... Pero, como al titán Prometeo, o como mi entrenamiento en el Sahara, la luz de la luna me ofrecía consuelo, y parecía incluso aplacar a las crueles olas que me azotaban. Veía la cara de la luna y me acordaba de toda la gente a la que apreciaba: mi madre, mi familia, los amigos que dejaba atrás... Recordaba mi promesa. Y sabía que no podía morir. Que debía resistir cuantas veces quisiera el águila devorar mi propio hígado, pues sólo tras esa corta muerte, renacería el defensor de la justicia que había prometido a todos. No iba a fallarles.

Y aquí estoy... de Abu al Mahdi, el recogedor de basuras y ratero de El Cairo, a Nandah, Caballero de bronce de Andrómeda. No está nada mal, ¿verdad?
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Hades
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Pez Búfalo
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MensajeTema: Re: The Chains of Justice   Jue Mar 22, 2012 8:03 pm

Ficha aprobada.

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